Olisbos, Historia de un Ídolo

Si algunos consideran que la prostitución es la profesión más antigua del mundo, les resultará sencillo aceptar que los olisbos son uno de los objetos que han acompañado a la humanidad durante más tiempo. Desde el Paleolítico (como el de piedra de Hohle Fels, hallado en Alemania y datado en 27.000 a.C.) y posiblemente incluso antes, ha sido un fiel compañero en el arte del placer. Es probable que esté familiarizado con los olisbos; no pretendemos subestimar su conocimiento. Hoy en día los conocemos como dildos o consoladores, un término derivado del italiano «consollare” (muy apropiado). Es casi seguro que haya visto uno e incluso que lo haya utilizado. No se ruborice, apreciada lectora: en épocas pasadas, tal audacia era la norma.

Un viaje a Mileto: Faltan artesanos, sobra vicio.

No podemos mencionar los olisbos sin referirnos a Mileto. Conocidos por su filosofía y arte, pero aún más por su habilidad en el arte del cuero. ¿Adivina cuál era el artículo más solicitado? Correcto, ha acertado. Olisbos. Hechos de cuero, piel de perro o intestinos animales (no mire con asombro, querida lectora, esos materiales también se utilizaban en los primeros anticonceptivos), rellenos de lana y de dimensiones que sin duda provocarían envidia en la mayoría de los hombres griegos.

La fama de los olisbos en Grecia era tal que la demanda superaba en ocasiones a la producción, y podemos afirmar que no se debía a la escasez de artesanos, materiales o recursos, sino simplemente a la falta de tiempo. Esto causaba alegría entre los artesanos y frustración en muchas mujeres. Incluso existe una obra teatral que aborda este tema: dos mujeres discuten sobre el olisbo de una de ellas, mientras la otra lamenta no poder adquirir uno igual (al final del artículo, se incluyen algunas líneas de esta obra).

De oro, de cuero y de pan.

Los Olisbos de menor calidad estaban hechos con materiales más rudimentarios, como la madera (véase el de la imagen de abajo, no es griego pero sí romano y ambos habrían sido fabricados en las mismas condiciones) y especialmente el pan duro. Los olisbos de los más afortunados, por el contrario, estaban hechos de materiales suaves y cálidos, que intentaban asemejarse lo máximo posible a la textura de la piel humana. También los había de oro o de piedra tallada, siendo estos casos menos usuales. Usaban, a modo de lubricante aceite, en especial y de preferencia el se oliva.

Esperamos que haya disfrutado del artículo y que, cuando vea un dildo, no lo vea como un trozo de plástico, sino como el más sagrado instrumento para servir al placer personal que todos, en todas las épocas, hemos necesitado y disfrutado satisfacer. 

Fragmento de la Lilístrata

CORITO: Siéntate, Metró. (A la esclava) ¡Levántate y ponle un taburete a la señora! (A Metró) Tengo que decirle todo lo que tiene que hacer. (A la esclava) Y tú, desgraciada, si de ti saliera, no harías nada. ¡Madre mía! Estás en casa como una piedra, no como una esclava. ¡Ah!, pero cuando mido la ración de cebada a medio moler, entonces cuentas los granos. Y si alguna vez se me cae un tanto así (señalando con el índice y el pulgar juntos), te pasas todo el día refunfuñando, y tus resuellos nos los aguantan las paredes de la casa. (La esclava al parecer se pone a trabajar). Te pones a limpiarle el polvo y  a sacarle  brillo ahora, cuando hace falta. ¡Ladrona! Dale las gracias a ésta, que si no es por ella, te habría dado a probar de estas manos mías.

METRÓ: Querida Corito, te toca a ti llevar el mismo yugo: yo, ladrando sin cesar como un perro,me paso el día y la noche chillándoles a las tías éstas, que no sé ni como llamarlas. (Cambiando de tema) Pero … a lo que he venido…
(a las esclavas) ¡Quitaos de en medio, lejos de nosotras, mentecatas, que no sois más que oídos y lengua! Lo demás, ¡venga fiesta!
(dirigiéndose a Corito)  Te lo ruego, no me engañes Corito querida, ¿quién puede ser el guarnicioner que te ha hecho el consolador colorado?

CORITO: ¿Dónde lo has visto, Metró?

METRÓ: Nóside, la de Erinna, lo tenía anteayer. (con envidia) ¡Vaya regalo bonito!

CORITO: ¿Nóside? ¿De dónde lo había sacado?

CORITO: ¿Te chivarás, si te lo digo?

CORITO: Por estos ojitos (se lleva la mano a ellos), querida Metró, que no hay cuidado que nadie diga nada de lo que me cuentes.

METRO: Eubule la de Bitade se lo dio y le dijo que no se enterara nadie.

CORITO: ¡Qué mujeres! Esa mujer acabará por consumirse; por respeto a ella, de tanto como me insistía, selo di antes, incluso, de usarlo yo; le echó la uña encima, como llovido del cielo. Y ahora se lo regala a las que no debe. ¡Adios, una y mil veces, a una amiga así! De ahora en adelante que se busque otra amiga en mi lugar. ¡Haberle prestado lo mío a Nóside, a la que pienso que yo, aunque tuviera mil, no le regalaría ni uno, por muy podrido que estuviera!
(Aparte) Estoy gruñendo más de lo justo, a ver si no te das cuenta, Adrastea…

METRÓ: ¡Corito! No se te suba la bilis a las narices tan pronto como te enteras de alguna habladuría. Es propio de una mujer como dios manda aguantar lo que le echen. Yo, que soy una parlanchina, soy la culpable de todo; deberían cortarme la lengua. (cambiando de tema) Pero volviendo a lo más importante que antes mencioné, ¿quién es el que te lo hizo? Si me quieres, dímelo. ¿Por qué me miras con esa risa? ¿Es la primera vez que ves a Metró? ¿A santo de qué esos remilgos? Te lo pido. Coritito, no me desilusiones; dime quién es el guarnicionero que lo hizo.

CORITO: ¡Bueno! ¿A qué tantas súplicas? Fue Cerdón quien lo hizo.

METRO: ¿Qué Cerdón? Porque hay dos Cerdones; uno el de los ojos verdes, el vecino de Mirtalina la de Cilétide. Pero ése no sería capaz ni de coser una púa a una lira. El otro vive cerca del barrio de Hermodoro, según se sale de la calle ancha. Antes era alguien, pero ahora está ya viejo; con él andaba Pilécide, que en paz descanse. (Aparte) Y que no la olviden sus parientes.

CORITO: No es ninguno de esos dos que dices, Metró. Es uno ve ido no sé si de Quíos o de Eritrea, calvo y pequeñito. Dirás que es Práxino en persona; se parece como un higo a otro higo. Salvo que cuando se ponga a rajar , es cuando sabrás que es Cerdón y no Práxino. Tiene el taller en casa y vende a escondidas –que hoy en día toda puerta se estremece de miedo ante los recaudadores de impuestos-, pero sus trabajos, ¡qué trabajos” Te dará la impresión de ver en ellos las manos de la mismísima Atenea, no las de Cerdón. Al verlos yo –me trajo dos cuando vino-, Metró, seme salían los ojos de las órbitas. (Recreándose en la contemplación del consolador.) A los hombres no se les pone tan tiesa. (En tono de misterio). Es que estamos solas. Y no sólo eso, su suavidad y lisura son de ensueño, y los flecos son de lana y no de cuero. Por mucho que lo busques, no encontrarás un guarnicionero más simpático para una mujer.

METRO: ¿Y cómo has dejado escapar el otro (de los consoladores aludidos antes)?

CORITO: ¿Y qué no he hecho, Metró? ¿Qué argumentos no he empleado para convencerle? Besarle, acariciarle la calva, darle a beber vino dulce, hacerle cucamonas… todo salvo entregarle mi cuerpo.

METRÓ: Pues si también te lo hubiera pedido, habrías tenido que dárselo.

CORITO: Sí, habría tenido que dárselo, pero no está bien ser inoportuna; estaba allí Eubule, la de Bítade, moliendo el grano. Pues ésa, a fuerza de desgastar nuestra rueda de molino día y noche, la ha dejado hecha una mierda para así no tener que gastarse ella cuatro óbolos en arreglar el suyo.

METRÓ: ¡Bien! Y ése (por Cerdón), ¿cómo ha encontrado el camino de tu casa? Querida Corito, tampoco en esto me desilusiones.

CORITO:  Lo envió Artemín, la mujer de Candade, el curtidor de cueros, que me dio las señas.

METRÓ: Esta Artemín siempre está descubriendo cosas nuevas y, con tal de coger la delantera, se bebe hasta los posos de la alcahuetería. ¡Bueno! Pero… como no podrías arrancarle los dos, convendrá saber quién es la que le encargó el otro.

CORITO: Yo insistía, pero él juraba que no me lo diría; ése es el cariño que me tiene, Metró.

METRÓ: Con lo que me has dicho he adelantado mucho; ahora voy a ver a Artemín para saber quién es el tal Cerdón.
  ¡Cuídate, Coritito! Hay quien tiene hambre y es ya hora de quitársela.

CORITO: Cierrra la puerta.  (a otra esclava) Tú, la encargada de los pollos, cuéntame las gallinas a ver si están bien; échales de comer. Pues la verdad es que los robagallinas se las llevan aunque una las críe a su regazo. 

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