Mujeres, matronas de alta cuna confinadas hasta entonces en sus casas, esclavas, libertas, bajan con sus túnicas abiertas al río Tíber. Desde lejos se ven envueltas en llamas que iluminan la noche. Roma parece arder. La procesión avanza, el éxtasis recorre cada calle de la ciudad. Las mujeres se arrojan al Tíber; sus antorchas, envueltas en azufre vivo y cal, no se apagan bajo el agua. Salen, aún prendidas, en forma de ardiente milagro. Durante el día fingen ser ajenos a ello, pero por la noche, todos lo saben: La Bacanal acaba de comenzar, y una segunda parte de la ciudad se entrega a ella.

Las Bacantes llevan correas de cuero. Escenifican la muerte de Orfeo, y golpean a los hombres con una falsa furia. Ellos no protestan. No hay peleas esta noche. El mundo está en silencio, pero Roma canta: una muchedumbre gime y grita, se entregan al placer y a los rituales. Mañana será un sacrilegio; ésta noche, como dijo Espurio Postumio, «se cometen más actos de lujuria entre hombres juntos, y mujeres juntas, que entre hombre y mujer». No hay barreras, todo está permitido. Si quedaba algo de vergüenza, el vino, la magia y la noche la devoraron, y ahora todos se devoran entre ellos.

Dioniso está orgulloso. Una inmensa multitud, suficiente para llenar teatros, le rinde homenaje con su cuerpo en el Bosque de Simila, gritando profecías, desatándose los cabellos y probando el sabor del vino y de sus muchos compañeros. Sólo nos quedan, de los romanos, las pinturas de las casas de Pompeya; en ellas, el dios que aparece más veces es él. Amor, sexo, vino, secretos y liturgias se esconden detrás de la Bacanal. «Venus et Vinum vitam minuunt, sed Venus et Vinum vita sunt.» Venus (amor y sexo) y el vino acortan la vida, pero venus y el vino, vida son.

La Bacanal ha terminado. Roma vuelve a la calma, los efectos del vino se han ido, las matronas tejen en sus casas y la aristocracia finge estar enfurecida. Gran parte asistieron a la (sagrada, pero impropia para la clase alta) celebración, aunque todos pretendan no haber sido ellos. Hombres y mujeres reconocen en los baños los cuerpos que profanaron la noche anterior; sonríen entre ellos, pero ni una palabra sale de sus bocas. En el foro, las personas se acumulan, las miradas de satisfacción se cruzan por doquiera que vayas. El teatro está vacío: parece haber sido todo un sueño dulce como el vino, pero en él, ríos rojos caen por las gradas. Pedazos de ánforas que un día lo contuvieron crujen bajo los pies de todos los que toman rumbo a Simila.

Roma, esta noche, guardará luto a la Bacanal. El silencio reinará hoy, y ésta noche nadie cantará a la luna y ni cometerá actos de amor bajo su luz. La calma volverá, en la medida de lo posible, a la vida de todos los romanos. Pero están convencidos, todos ellos, de que no será por mucho tiempo. Así como los pájaros cantan a la madrugada, Roma cantará en la noche, cantos que hablan sobre sexo, vino, libertad y amor. Las Bacanales comenzaron celebrándose tres veces al año; ahora, se celebran cinco veces al mes. Roma arderá de nuevo.
Las Bacanales fueron prohibidas. Siete mil personas fueron juzgadas culpables, entre las cuales, seis mil podrían haber sido ejecutadas. Para entonces, podemos decir con seguridad que les mereció la pena: Muchas veces y mucho antes de morir, habían estado en el paraíso.
