Sobre Liberación, Sumisión y Dominación

“No sabrás todo lo que valgo hasta que no pueda ser junto a ti todo lo que soy.”

Según estudios, aquellos que cuentan con un estatus de poder, (empresarios, líderes carismáticos y personas con una fuerte personalidad dominante), tienden a inclinarse por el  masoquismo y la sumisión. Por el contrario, aquellos con personalidades más tranquilas, con temperamentos no tan explosivos y con un completo descontrol de sus emociones, a menudo inseguros, resultan inclinarse por el sadismo y la dominación. Si somos fieles a las estadísticas, el sumiso es predominantemente dominante, y el dominante, predominantemente sumiso.

Increíblemente, los extrovertidos tienden a tener personalidades más abiertas al cambio y a las nuevas experiencias, pero en el ámbito erótico y sexual, los introvertidos són mucho más propensos a fantasear (y recrear) prácticas de BDSM.

La mente es un lugar inexplorado: una parte de ella, la que controla el placer, permanece dormida en la mayoría de nosotros, que nos conformamos con una pequeña parte de su gran potencial. Contrariamente a lo que podría parecer a simple vista, el sexo tiene que ver poco con el cuerpo; la estimulación cerebral (y no corporal) es la que crea todos los orgasmos, razón por la cual un mismo movimiento en los genitales o zonas erógenas no será placentera sin la compañía de un amante o sin la estimulación adecuada de nuestra mente. Un beso de una madre o amigo del alma no produce el mismo efecto que un beso de un amante. Tampoco lo hace igual un beso cariñoso por las mañanas como lo hace por la noche con otras intenciones. Los juegos de dominación y sumisión son una exploración de nosotros mismos. Una muestra de fe, de amor y fuerza, un despliegue de vulnerabilidades que dicen “aquí estoy, quiéreme con todo”. Las facetas ocultas se destapan. No hay fronteras entre lo que uno piensa y lo que uno hace. No hay vergüenza. La primera forma de superar la inseguridad, la vergüenza y el miedo, es actuar como tememos hacerlo.

“El amor es fuerte y no necesita razones, la falta del amor es débil y necesita que se las den.”

Los juegos de dominación a menudo son rebajados a la miseria, incluso cuando se hace un intento de entenderlos y mostrarlos, como en el cine, se crea una malinterpretación que los aleja más de todos nosotros. No nos referimos a comprarse unas esposas o un látigo, ni a montar un show en una habitación. Nos referimos a entender las partes más dañadas de nuestra alma. Los que hayan llegado a este artículo creyendo que esto va a ser como 50 sombras, pueden irse. La cabeza de quien sostiene el mango del látigo o la fusta no suena como “soy una persona fuerte, controlo mis sentimientos, no me enamoro y me gusta dominar al otro”(así nos imaginamos que suena Grey). La realidad es, o más bien debería ser, así:  “En mi vida, nunca he tenido control de nada. Necesito tener el rol de dominancia por que, en el resto de los casos, sólo actúo como víctima de las circunstancias, y quiero demostrar que puedo, esta vez, ser algo diferente.”. El que se deja dominar no es débil. No se deja someter en su vida diaria. Cargado de responsabilidades que afronta con fuerza y decisión, decide dejar a un lado su vida y se viste de cordero: quiere no tener el control. Ese ser humillante que creemos que es el sumiso ha aceptado con valor y confianza vencer al miedo, entregar el cuerpo y el alma a quien cree merecedor de ella con su estricto criterio, basado no en una imagen superficial del otro, sino en una complicidad que sólo podemos llamar amor, y no, no necesita de contratos. 

"Los amigos se suelen considerar sinceros; los enemigos realmente lo son: por esta razón es un excelente consejo aprovechar todas sus censuras para conocernos un poco mejor a nosotros mismos; es algo similar a cuando se utiliza una amarga medicina."

La dominación y la sumisión sólo son una recreación de la lucha entre dos facetas distintas y olvidadas dentro de cada quien las interpreta. Su recreación permite a ambos alumbrar sentimientos que no creían tener, pero que son necesarios para una vida plena. Al ponerle la espada en la mano a quien se consideraba sumiso, fuera de las miradas y oculto de cualquiera que pueda juzgar, se convierte en un gran luchador: alza la voz y su tranquilidad se vuelve furia, sus cenizas de control, llama viva. El otro, por el contrario, apenas opone resistencia; la presa que contenía ordenadamente el agua con su faceta fuerte y dominante, se desmorona. El agua lo inunda todo antes de ser vencida y extinguida por el fuego: ya no hay nada que necesite o quiera controlar. Es libre.

“Todos los problemas tienen la misma raíz: el miedo, que desaparece gracias al amor.”

Ponerse unas esposas no es vencer al miedo. Sí puede ser una forma de ayuda para dejar una parte oculta de ti a la vista. Hace falta valor. Sinceridad. Jamás se ama y acepta a uno mismo hasta que comprende que no es ni mejor ni peor que nadie. Esto no va de complejos de inferioridad o superioridad. Para ser inferior, necesitas al resto. Te comparas engañosamente con ellos para verte más vulnerable; Claramente no estás mirando bien. El resto son igual o más vulnerables que tú. Sufren cada día o lo hicieron algún día, como todos los que nacimos en este mundo. Nadie se va sin haber sido débil o vulnerable. Tú estás juzgando egoístamente que el sufrimiento del resto importa menos que el tuyo, haciéndote por ello inferior. La superioridad no es diferente. Como la inferioridad, necesita de compararse con el resto para verificar que es mejor; un esfuerzo enorme, constante y inútil. Nunca va a serlo. Aquellos que creen verdaderamente en sí mismos nunca creerán que es mejor, tampoco peor: simplemente les dará igual. Siempre habrá alguien más carismático. Más inteligente. Más poderoso. Y las posibilidades, como los egocéntricos, no conocen límites. Siempre serán inferiores al resto por que su medida de las cosas no tiene fin. Ambas son fruto del miedo al amor; Siempre necesitan del otro. Para medirse, una persona con complejo de superioridad o inferioridad necesitará de otro con quien compararse. Yo soy mejor que el resto. Yo soy peor que el resto. Sin el resto, no son nada. Creerse especiales les da una sensación falsa de seguridad, pero no los hace especiales. Y eso es lo que los acaba matando por dentro. El amor, por el contrario, libera. Sólo se necesita a uno mismo. 

Sana y es fuerte, reconoce, vive y siente el dolor y la vulnerabilidad, deja que sea eso lo que lo defina. Busca dentro de sí. Reconoce en sí fortalezas y se enorgullece de ellas, a la vez que recibe felicidad reconociendo las del resto. Reconoce el valor de un enemigo y tiende la mano al amigo. Sabe que no es más vulnerable que el resto. Sabe que no es más fuerte, pero algo le susurra dentro a gritos que no debe ni quiere serlo. Ya es especial. Otras muchas cosas le definen. Por eso sólo se puede, en el sexo, dominar o ser sumiso con amor. Para liberar al miedo hace falta valor y vulnerabilidad. Sin ella, serás solo una persona con miedo, teniendo sexo con miedo, y fingiendo no tenerlo cuando debería de ser una de las pocas veces en las que podrás ser completamente libre. 

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